El Marxismo y el Problema de la Emancipación de la Mujer (extractos)
texto de Cecilia Toledo, periodista y militante brasileña del Partido Socialista dos Trabalhadores Unificado (PSTU) del Brasil. Formó parte de la Comisión de Mujeres de la Liga Internacional de los Trabajadores (Cuarta Internacional).
Publicado en 2006 - tomado de Marxists Internet Archive (8 de marzo de 2008 - Día Internacional de la Mujer trabajadora)
Por el número de páginas, el texto se publica en el Foro en dos mensajes.
-- mensaje nº 1 --
-- fin del mensaje nº 1 --
texto de Cecilia Toledo, periodista y militante brasileña del Partido Socialista dos Trabalhadores Unificado (PSTU) del Brasil. Formó parte de la Comisión de Mujeres de la Liga Internacional de los Trabajadores (Cuarta Internacional).
Publicado en 2006 - tomado de Marxists Internet Archive (8 de marzo de 2008 - Día Internacional de la Mujer trabajadora)
Por el número de páginas, el texto se publica en el Foro en dos mensajes.
-- mensaje nº 1 --
Un estudio, aunque sea breve, sobre la manera de como el problema de la opresión de la mujer fue visto en las filas marxistas revolucionarias desde la I Internacional nos lleva a dos constataciones. Primero: que, al contrario de lo que afirman sus detractores, el marxismo, desde el inicio, hace más de 150 años, siempre se preocupó de la cuestión de la mujer y buscó encontrar la política más justa para el problema, en el marco de la división de la sociedad en clases, justamente lo que lo diferencia de las corrientes reformistas y burguesas. Por eso, las corrientes que acusan al marxismo de no preocuparse con la cuestión de la mujer, de verdad, están contra el análisis materialista de la opresión de la mujer, contra la necesidad de un partido marxista y revolucionario para organizar a la clase trabajadora para destruir el capitalismo y acabar con la opresión de la mujer.
La segunda constatación es que la cuestión de la mujer siempre fue polémica dentro del movimiento socialista, con los marxistas enfrentándose a los más diversos matices de reformismo, justamente porque es una de las que más pone en evidencia la división de la sociedad en clases. ¿El problema da opresión de la mujer es una cuestión de las mujeres o de la clase trabajadora? ¿Hasta qué punto puede ir la unidad entre las mujeres trabajadoras y burguesas? ¿Es posible resolver el problema de la opresión femenina en el capitalismo? ¿La raíz del problema es cultural, una cuestión de género, de opresión sobre un sector de la sociedad, o económica, con fundamento en la división de la sociedad entre productores y poseedores de riqueza? Estas y otras preguntas siempre atravesaron las grandes polémicas que se dieron en las Internacionales y en el movimiento socialista, y la respuesta que cada sector les daba, fuese o no marxista, demostraba, en última instancia, de qué lado de la división de clases estaba.
El Manifiesto Comunista: primer paso
El Manifiesto Comunista, lanzado en 1848 por Marx y Engels, comenzaba por cuestionar a la familia burguesa. Respondiendo a aquellos que acusaban a los comunistas de querer acabar con la institución familiar burguesa, en la cual a mujer es sometida al papel de un simple instrumento de producción, Marx argumentaba:
«¿En qué se basa la familia actual, la familia burguesa? En el capital, en el lucro privado. La familia plenamente desarrollada sólo existe para la burguesía; pero encuentra su complemento en la supresión forzada de todo vínculo familiar para el proletariado y en la prostitución pública. (...) Las declaraciones burguesas sobre la familia y la educación, sobre los dulces lazos que unen padres e hijos, resultan aún más repugnantes a medida que la gran industria destruye todo vínculo de familia para el proletariado y transforma los niños en simples artículos de comercio, en simples instrumentos de trabajo. (...) Para el burgués, su mujer no pasa de un instrumento de producción. Oyó decir que los instrumentos de producción deben ser de uso común y, naturalmente, no puede llegar a otra conclusión que lo mismo va a ocurrir con las mujeres en el socialismo. No sospecha que se trata justamente de acabar con esa situación de la mujer como simple instrumento de producción. Nada más grotesco que el horror ultramoralista que la pretendida comunidad oficial de las mujeres, atribuida a los comunistas, inspira en nuestros burgueses. Los comunistas no tienen necesidad de introducir la comunidad de las mujeres: ella prácticamente siempre existió. Nuestros burgueses, no satisfechos con tener a su disposición las mujeres y las hijas de sus obreros, sin hablar de la prostitución oficial, encuentran un placer singular en seducir mutuamente sus esposas. El matrimonio burgués e, en realidad, la comunidad de las esposas. Como máximo se podrìa acusar a los comunistas de querer sustituir una comunidad de mujeres hipócritamente disimulada, por una comunidad franca y oficial. Es evidente que, con la abolición de las relaciones de producción actuales, la comunidad de las mujeres derivada de ella desaparecerá, o sea, la prostitución oficial y no oficial».
La línea divisoria establecida aquí, y en todos los escritos posteriores de Marx y Engels, sobre el tema de la mujer es la que existe entre el socialismo utópico y el socialismo científico. Los socialistas utópicos pre-marxistas, como Fourier y Owen, también fueron ardorosos defensores de la emancipación de la mujer. Pero su socialismo, así como sus teorías sobre la familia y la mujer, se asentaban sobre principios morales y deseos abstractos, no sobre una comprensión de las leyes de la historia y de la lucha de clases basada en el crecimiento de la capacidad productiva de la humanidad.
El marxismo proporcionó, por primera vez, una base materialista científica no sólo para el socialismo, sino también para la causa da liberación de la mujer. Expuso las raíces de la opresión de la mujer, su relación con un sistema de producción basado en la propiedad privada y con una sociedad dividida entre una clase poseedora de riquezas y otra productora de riquezas. El marxismo explicó el papel de la familia en la sociedad de clases como un contrato económico, y su función primordial de perpetuar el capitalismo y la opresión de la mujer. Más que eso: apuntó el camino para a liberación de la mujer. Explicó cómo la abolición de la propiedad privada proporcionaría las bases materiales para transferir a la sociedad de conjunto todas las responsabilidades sociales que hoy recaen sobre la familia individual, como el cuidado de los niños, de los ancianos, de los enfermos; la alimentación, el vestuario, la educación. Libres de esas cargas, las mujeres podrán romper con la servidumbre doméstica y cultivar plenamente sus capacidades como miembros creativos y productivos de la sociedad, y no sólo como reproductivos. Libre de la coacción económica sobre la cual reposa, la familia burguesa, como la conocemos hoy, desaparecerá y las relaciones humanas se transformarán en relaciones libres, de personas libres.
Así, el marxismo eliminó el carácter utópico del socialismo y de la lucha por la liberación de la mujer, al demostrar que el propio capitalismo engendra una fuerza, el proletariado, bastante poderosa para destruirlo. Por primera vez, los socialistas podían dejar de soñar con una sociedad nueva y mejor, y comenzar a organizarse para conseguirla.
La cuestión de la mujer en la I Internacional (1864)
La Primera Internacional fue fundada por Marx e Engels, en 1864. Respondió a la necesidad práctica de los obreros europeos de organizarse, ya que la burguesía estaba unificando económicamente el continente. Al principio, la I no tenía un programa claramente marxista (agrupaba también a los anarquistas), pero ya en sus primeros pasos fue definiendo su posición con relación a la causa da emancipación de la mujer. Contra todos las costumbres de la época, la Asociación Internacional de los Trabajadores, como era llamada, eligió una mujer para su Consejo General, la sindicalista inglesa Henrietta Law.
Fue un paso tan importante que Marx relata haber recibido numerosas cartas de mujeres queriendo afiliarse a la Internacional. Tanto que él, personalmente, presentó una moción al Consejo General para que se organizasen secciones especiales de mujeres trabajadoras en las fábricas y zonas industriales de las ciudades donde hubiese grandes concentraciones de trabajadoras, alertando que eso no debía, de forma alguna, interferir en la construcción de secciones mixtas.
Desde 1865 hasta mediados de la década de 1880, el movimiento socialista en Alemania estaba dividido entre los seguidores de Ferdinand Lasalle, y los marxistas, dirigidos por Wilhelm Liebknecht y August Bebel. En 1875, los dos grupos se unieron en un único partido, el SPD (Partido Social-Demócrata Alemán, el mayor partido socialista de la época anterior a la I Guerra Mundial), pero mantuvieron serias divergencias dentro de la organización. La cuestión de la mujer fue una de ellas. Los lasalleanos (seguidores de Ferdinand de Lasalle) se oponían a exigir la igualdad de derechos para la mujer como parte del programa del partido. Opinaban que las mujeres eran criaturas inferiores, cuyo lugar predestinado era el hogar, y la victoria del socialismo, asegurando al marido un salario adecuado para abastecer a toda la familia, las haría regresar a su hábitat natural, ya que no tendrían que trabajar por un salario. Los primeros programas de los socialdemócratas alemanes exigían apenas «plenos derechos políticos para los adultos», dejando ambigua la cuestión de si la mujer era considerada adulta o no.
La ideología de que el «lugar de la mujer es el hogar» tuvo como uno de sus mayores impulsores al pensador francés Proudhon, cuyas ideas repercutieron en los sindicatos y también entre los dirigentes de la I Internacional. Él defendía ardorosamente ideas muy semejantes a las de los padres de la Iglesia, los teólogos que construyeron la teología del catolicismo en la Edad Media. Respetado en los medios políticos, inclusive de izquierda, e intelectuales y obreros de toda Europa, Proudhon defendía que la función de la mujer era la procreación y las tareas domésticas; aquella que trabajaba (fuera de la casa) estaba robando el trabajo del hombre. Él llegó a proponer que el marido tuviese derecho de vida o muerte sobre su mujer, por desobediencia o mal carácter, e demostraba, mediante una relación aritmética, la inferioridad del cerebro femenino sobre el masculino.
El preconcepto contra las mujeres envenenó a tal ponto al movimiento obrero que, en 1867, los dirigentes de la Internacional Socialista fueron capaces de hacer la siguiente declaración solemne:
«En nombre de la libertad de conciencia, en nombre de la iniciativa individual, en nombre de la libertad de las madres, debemos arrancar de la fábrica que la desmoraliza y la mata, a esa mujer que soñamos libre... La mujer tiene por objetivo esencial el de ser madre de familia, ella debe permanecer en el hogar, el trabajo debe serle prohibido».
Y en 1875, en el Congreso de Gotha, los socialistas alemanes, sensibles a las ideas de Proudhon, se oponen al grupo marxista dirigido por Bebel, que quería inscribir en el programa del partido la igualdad del hombre y de la mujer. El Congreso derrotó a Bebel afirmando que «las mujeres no están preparadas para ejercer sus derechos».
En 1866, Marx presenta a la Internacional Socialista una resolución en favor del trabajo de los niños y de las mujeres, con la condición de que sean reglamentados por ley. Él pensaba que el trabajo no podia separarse de la educación y era benéfico para los seres humanos. En El Capital, Marx escribió que:
«Si los efectos inmediatos (del trabajo de los niños y de las mujeres) son terribles y repugnantes, no por eso deja de contribuir al dar a las mujeres, jóvenes e niños de ambos sexos una parte importante, en el proceso de producción, fuera del medio doméstico, en la creación de nuevas bases económicas, necesarias para una forma más elevada de familia y de relación entre los dos sexos».
A pesar de haber sido con otras palabras, lo mismo dice Engels:
«Parece que la emancipación de la mujer, su igualdad de condición con el hombre es, y continúa siendo imposible, mientras la mujer permanezca excluida del trabajo social productivo y debe limitarse al trabajo privado doméstico... La liberación de la mujer tiene como condición primera la incorporación de todo el sexo en la industria pública» (El Origen de la Familia).
Hasta mediados del siglo XIX, la idea de que la mujer tiene que quedarse en casa permaneció casi inalterada, pero la realidad otra vez se mostró más fuerte: pese a toda la ideología, la mujer trabajaba porque precisaba sobrevivir.
En 1883, August Bebel publicó el libro La mujer y el socialismo, que colaboró mucho para transformar la discusión sobre la cuestión de la mujer. A pesar de haber salido un año antes del libro de Engels, El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado, el trabajo de Bebel es básicamente un desarrollo de las ideas de Engels. Explica las raíces profundas de la opresión de la mujer, las formas que adoptó a lo largo de los siglos, del significado históricamente progresivo de la integración de la mujer en la producción industrial y la necesidad de la revolución socialista para abrir el camino para la liberación de la mujer. El libro causó sensación no sólo en Alemania, sino en toda a Europa, y ayudó en la formación de varias generaciones de marxistas.
En cuanto al libro de Engels, se volvió un clásico que, hasta hoy, guía las discusiones sobre el origen de la opresión de la mujer. Socialista científico, Engels partió de los descubrimientos históricos hechos hasta entonces sobre el origen de la opresión de la mujer, de la familia y del matrimonio. Los primeros historiadores, entre ellos Bachofen y Morgan, que desarrollaron sus pesquisas en siglo XIX, afirmaron que la mujer no siempre fue oprimida y, en algunas sociedades primitivas, hubo un período en que había matriarcado, el predominio de la mujer en las tribus. Estas afirmaciones fueron tan revolucionarias para la época que provocaron un verdadero escándalo en las sociedades conservadoras y, sobre todo, entre los religiosos. Marx e Engels dieron gran importancia a estos descubrimientos, que incorporaron en sus estudios sobre el surgimiento de la propiedad privada de los medios de producción.
Fue en base a ellas que Engels escribió El Origen de la Familia, de la Propiedad Privada y del Estado, publicado en 1884, obra que sirvió de gran impulso para que el movimiento revolucionario pasara a integrar en su seno la lucha por la emancipación de la mujer.
Los descubrimientos hechos por la antropología del siglo XX nos permiten concluir que la monogamia no surgió con la propiedad privada, como creía Engels, sino antes de ella, ya con la explotación. La propiedad privada sólo acentuó, de forma brutal, la opresión de la mujer, y la consolidó. Sin embargo, el gran mérito de Engels fue asociar el surgimiento de la opresión de la mujer con una causa económica y no natural o psíquica. Para él, el surgimiento de la monogamia no fue, de forma alguna, fruto del amor sexual individual, sino pura convención. Fue la primera forma de familia que tuvo por base condiciones sociales y no naturales. Y fue, más que nada, el triunfo da propiedad individual sobre el comunismo espontáneo primitivo.
Engels definió la abolición del derecho materno como la «gran derrota del sexo femenino».
«El hombre se apoderó también de la dirección de la casa; la mujer fue inferiorizada, dominada, pasó a ser la esclava de su placer e un simple instrumento de reproducción. Esta situación degradada de la mujer, tal como se manifestó sobre todo entre los griegos de los tiempos heroicos, y más aún en los tempos clásicos, fue gradualmente retocada y disimulada, en ciertos lugares incluso fue revestida de formas más suaves; pero de ninguna forma fue suprimida» (El Origen de la Familia, p.66).
Preponderancia del hombre en la familia y procreación de hijos que sólo podían ser de él y destinados a ser sus herederos. En todo el resto, el matrimonio era una carga, un deber. Engels recuerda que:
«La monogamia fue un gran progreso histórico pero, al mismo tempo inaugura, juntamente con la esclavitud y la propiedad privada, aquella época que aún dura en nuestros días y em la cual cada progreso es, al mismo tiempo, un retroceso relativo, en que la ventura y el desarrollo de unos se da al costo de la desventura y la represión de otros. Es la forma celular de la sociedad civilizada, en la cual ya podemos estudiar la naturaleza de las contradicciones y de los antagonismos que se propagan y crecen plenamente en esta sociedad». (El Origen de la Familia, p. 76)
Es cierto que los descubrimientos hechos por la antropología del siglo XX actualizan la obra de Engels y corrigieron ciertas imprecisiones, pero ella continúa siendo la base para el programa marxista con relación a la mujer porque tira por tierra la concepción burguesa de que ella ya nació oprimida, y que la causa de la opresión es su inferioridad natural con relación al hombre. Demuestra que la causa de la opresión de la mujer es fundamentalmente económica y no histórica y, por lo tanto, para acabar con ella es preciso transformar la sociedad.
La mujer en la II Internacional (1889)
Si la I Internacional significó la conquista de la vanguardia proletaria para el marxismo, la II Internacional llevó millones de trabajadores a sus concepciones. Fue la Internacional más característica de la era reformista, pues fue el período en que más concesiones se arrancaron, como vacaciones, aumentos salariales, legislación social y laboral y otras. Con relación a la cuestión de la mujer, la lucha por derechos democráticos (igualdad política, derecho de afiliación a los partidos y derecho de voto) fue la que más agitó a la II Internacional.
Iniciada en los Estados Unidos, la lucha sufragista fue la primera lucha feminista internacionalista; involucró mujeres de varios países del mundo e incorporó los métodos tradicionales de lucha de la clase trabajadora, como marchas masivas, asambleas, huelgas de hambre y enfrentamientos brutales con la policía, en los cuales muchas activistas fueron presas y asesinadas.
En el campo socialista, la lucha sufragista fue dirigida por la II Internacional, dividida entre los reformistas, que defendían el derecho de voto sólo para los hombres (ellos creían que las mujeres votarían en los partidos católicos reaccionarios) y los marxistas, defensores del voto universal. La dirigente política feminista marxista más importante de la II Internacional, y también de la III, fue Clara Zetkin, miembro del SPD. En el Congreso de Stuttgart, em 1907, ella defendió la posición de los marxistas, que salió vencedora. La II lanzó una campaña internacional por el sufragio femenino, con movilizaciones de masas en diversos países.
El partido más importante de la II Internacional era el SPD que, en 1891, año en que el ala izquierda consiguió aprobar un programa básicamente marxista, pasó a exigir derechos políticos para todos, independientemente del sexo, y la abolición de todas las leyes que discriminaban a mujer.
Después que los lasalleanos dejaron de existir como tendencia dentro del SPD, surgió una nueva corriente reformista dentro del partido, que presionaba por la adaptación al status quo capitalista. Clara Zetkin, del ala izquierda marxista, dirigió el movimiento socialista de la mujer durante todo el período anterior à guerra y combatió, dentro del SPD, por desarrollar una perspectiva revolucionaria sobre la lucha por la emancipación de la mujer. En 1914, cuando la mayoría de la dirección del SPD capituló ante el imperialismo alemán y votó por la defensa de su «propia» burguesía en la I Guerra Mundial, Clara Zetkin fue uno de las pocos dirigentes do partido, junto con Rosa Luxemburgo e Karl Liebknecht, en romper con el SPD y mantener una posición internacionalista revolucionaria.
En la década de 1890, el SPD se concentró, en primer lugar, en la organización sindical de las mujeres, y logró algunas conquistas importantes. En 1896, por propuesta de Clara Zetkin, el partido aprobó una moción para iniciar el desarrollo de organizaciones especiales para una actividad política más amplia entre las mujeres. Además de trabajar por los objetivos generales del partido, se concentraron en banderas feministas, como igualdad política, licencia por maternidad, legislación de protección para la mujer trabajadora, educación y protección para los niños y educación política para as mujeres.
Hasta 1908, en la mayor parte de Alemania, las mujeres tenían prohibido afiliarse a cualquier grupo político. Para burlar esto, el SPD organizó decenas de «sociedades para la autoeducación de las trabajadoras», organizaciones libres que estaban parcialmente fuera de los límites del partido, pero estrechamente ligadas a él. Desde 1900 en adelante, se organizaron conferencias bianuales de mujeres socialistas para unificar esos grupos e darles una dirección.
Después de 1908, las mujeres pudieron a afiliarse legalmente al SPD, y lo hicieron en las organizaciones especiales de mujeres del partido. Pero continuaron manteniendo su propio periódico, Igualdad, dirigido por Clara Zetkin. Este fue uno de los periódicos femeninos más importantes del mundo, cuya circulación superaba los 100 mil ejemplares, hasta 1912.
Sin embargo, a pesar de estos avances, las reivindicaciones de la mujer se volvieron realidad, por primera vez, en Rusia, con la revolución de 1917.
La segunda constatación es que la cuestión de la mujer siempre fue polémica dentro del movimiento socialista, con los marxistas enfrentándose a los más diversos matices de reformismo, justamente porque es una de las que más pone en evidencia la división de la sociedad en clases. ¿El problema da opresión de la mujer es una cuestión de las mujeres o de la clase trabajadora? ¿Hasta qué punto puede ir la unidad entre las mujeres trabajadoras y burguesas? ¿Es posible resolver el problema de la opresión femenina en el capitalismo? ¿La raíz del problema es cultural, una cuestión de género, de opresión sobre un sector de la sociedad, o económica, con fundamento en la división de la sociedad entre productores y poseedores de riqueza? Estas y otras preguntas siempre atravesaron las grandes polémicas que se dieron en las Internacionales y en el movimiento socialista, y la respuesta que cada sector les daba, fuese o no marxista, demostraba, en última instancia, de qué lado de la división de clases estaba.
El Manifiesto Comunista: primer paso
El Manifiesto Comunista, lanzado en 1848 por Marx y Engels, comenzaba por cuestionar a la familia burguesa. Respondiendo a aquellos que acusaban a los comunistas de querer acabar con la institución familiar burguesa, en la cual a mujer es sometida al papel de un simple instrumento de producción, Marx argumentaba:
«¿En qué se basa la familia actual, la familia burguesa? En el capital, en el lucro privado. La familia plenamente desarrollada sólo existe para la burguesía; pero encuentra su complemento en la supresión forzada de todo vínculo familiar para el proletariado y en la prostitución pública. (...) Las declaraciones burguesas sobre la familia y la educación, sobre los dulces lazos que unen padres e hijos, resultan aún más repugnantes a medida que la gran industria destruye todo vínculo de familia para el proletariado y transforma los niños en simples artículos de comercio, en simples instrumentos de trabajo. (...) Para el burgués, su mujer no pasa de un instrumento de producción. Oyó decir que los instrumentos de producción deben ser de uso común y, naturalmente, no puede llegar a otra conclusión que lo mismo va a ocurrir con las mujeres en el socialismo. No sospecha que se trata justamente de acabar con esa situación de la mujer como simple instrumento de producción. Nada más grotesco que el horror ultramoralista que la pretendida comunidad oficial de las mujeres, atribuida a los comunistas, inspira en nuestros burgueses. Los comunistas no tienen necesidad de introducir la comunidad de las mujeres: ella prácticamente siempre existió. Nuestros burgueses, no satisfechos con tener a su disposición las mujeres y las hijas de sus obreros, sin hablar de la prostitución oficial, encuentran un placer singular en seducir mutuamente sus esposas. El matrimonio burgués e, en realidad, la comunidad de las esposas. Como máximo se podrìa acusar a los comunistas de querer sustituir una comunidad de mujeres hipócritamente disimulada, por una comunidad franca y oficial. Es evidente que, con la abolición de las relaciones de producción actuales, la comunidad de las mujeres derivada de ella desaparecerá, o sea, la prostitución oficial y no oficial».
La línea divisoria establecida aquí, y en todos los escritos posteriores de Marx y Engels, sobre el tema de la mujer es la que existe entre el socialismo utópico y el socialismo científico. Los socialistas utópicos pre-marxistas, como Fourier y Owen, también fueron ardorosos defensores de la emancipación de la mujer. Pero su socialismo, así como sus teorías sobre la familia y la mujer, se asentaban sobre principios morales y deseos abstractos, no sobre una comprensión de las leyes de la historia y de la lucha de clases basada en el crecimiento de la capacidad productiva de la humanidad.
El marxismo proporcionó, por primera vez, una base materialista científica no sólo para el socialismo, sino también para la causa da liberación de la mujer. Expuso las raíces de la opresión de la mujer, su relación con un sistema de producción basado en la propiedad privada y con una sociedad dividida entre una clase poseedora de riquezas y otra productora de riquezas. El marxismo explicó el papel de la familia en la sociedad de clases como un contrato económico, y su función primordial de perpetuar el capitalismo y la opresión de la mujer. Más que eso: apuntó el camino para a liberación de la mujer. Explicó cómo la abolición de la propiedad privada proporcionaría las bases materiales para transferir a la sociedad de conjunto todas las responsabilidades sociales que hoy recaen sobre la familia individual, como el cuidado de los niños, de los ancianos, de los enfermos; la alimentación, el vestuario, la educación. Libres de esas cargas, las mujeres podrán romper con la servidumbre doméstica y cultivar plenamente sus capacidades como miembros creativos y productivos de la sociedad, y no sólo como reproductivos. Libre de la coacción económica sobre la cual reposa, la familia burguesa, como la conocemos hoy, desaparecerá y las relaciones humanas se transformarán en relaciones libres, de personas libres.
Así, el marxismo eliminó el carácter utópico del socialismo y de la lucha por la liberación de la mujer, al demostrar que el propio capitalismo engendra una fuerza, el proletariado, bastante poderosa para destruirlo. Por primera vez, los socialistas podían dejar de soñar con una sociedad nueva y mejor, y comenzar a organizarse para conseguirla.
La cuestión de la mujer en la I Internacional (1864)
La Primera Internacional fue fundada por Marx e Engels, en 1864. Respondió a la necesidad práctica de los obreros europeos de organizarse, ya que la burguesía estaba unificando económicamente el continente. Al principio, la I no tenía un programa claramente marxista (agrupaba también a los anarquistas), pero ya en sus primeros pasos fue definiendo su posición con relación a la causa da emancipación de la mujer. Contra todos las costumbres de la época, la Asociación Internacional de los Trabajadores, como era llamada, eligió una mujer para su Consejo General, la sindicalista inglesa Henrietta Law.
Fue un paso tan importante que Marx relata haber recibido numerosas cartas de mujeres queriendo afiliarse a la Internacional. Tanto que él, personalmente, presentó una moción al Consejo General para que se organizasen secciones especiales de mujeres trabajadoras en las fábricas y zonas industriales de las ciudades donde hubiese grandes concentraciones de trabajadoras, alertando que eso no debía, de forma alguna, interferir en la construcción de secciones mixtas.
Desde 1865 hasta mediados de la década de 1880, el movimiento socialista en Alemania estaba dividido entre los seguidores de Ferdinand Lasalle, y los marxistas, dirigidos por Wilhelm Liebknecht y August Bebel. En 1875, los dos grupos se unieron en un único partido, el SPD (Partido Social-Demócrata Alemán, el mayor partido socialista de la época anterior a la I Guerra Mundial), pero mantuvieron serias divergencias dentro de la organización. La cuestión de la mujer fue una de ellas. Los lasalleanos (seguidores de Ferdinand de Lasalle) se oponían a exigir la igualdad de derechos para la mujer como parte del programa del partido. Opinaban que las mujeres eran criaturas inferiores, cuyo lugar predestinado era el hogar, y la victoria del socialismo, asegurando al marido un salario adecuado para abastecer a toda la familia, las haría regresar a su hábitat natural, ya que no tendrían que trabajar por un salario. Los primeros programas de los socialdemócratas alemanes exigían apenas «plenos derechos políticos para los adultos», dejando ambigua la cuestión de si la mujer era considerada adulta o no.
La ideología de que el «lugar de la mujer es el hogar» tuvo como uno de sus mayores impulsores al pensador francés Proudhon, cuyas ideas repercutieron en los sindicatos y también entre los dirigentes de la I Internacional. Él defendía ardorosamente ideas muy semejantes a las de los padres de la Iglesia, los teólogos que construyeron la teología del catolicismo en la Edad Media. Respetado en los medios políticos, inclusive de izquierda, e intelectuales y obreros de toda Europa, Proudhon defendía que la función de la mujer era la procreación y las tareas domésticas; aquella que trabajaba (fuera de la casa) estaba robando el trabajo del hombre. Él llegó a proponer que el marido tuviese derecho de vida o muerte sobre su mujer, por desobediencia o mal carácter, e demostraba, mediante una relación aritmética, la inferioridad del cerebro femenino sobre el masculino.
El preconcepto contra las mujeres envenenó a tal ponto al movimiento obrero que, en 1867, los dirigentes de la Internacional Socialista fueron capaces de hacer la siguiente declaración solemne:
«En nombre de la libertad de conciencia, en nombre de la iniciativa individual, en nombre de la libertad de las madres, debemos arrancar de la fábrica que la desmoraliza y la mata, a esa mujer que soñamos libre... La mujer tiene por objetivo esencial el de ser madre de familia, ella debe permanecer en el hogar, el trabajo debe serle prohibido».
Y en 1875, en el Congreso de Gotha, los socialistas alemanes, sensibles a las ideas de Proudhon, se oponen al grupo marxista dirigido por Bebel, que quería inscribir en el programa del partido la igualdad del hombre y de la mujer. El Congreso derrotó a Bebel afirmando que «las mujeres no están preparadas para ejercer sus derechos».
En 1866, Marx presenta a la Internacional Socialista una resolución en favor del trabajo de los niños y de las mujeres, con la condición de que sean reglamentados por ley. Él pensaba que el trabajo no podia separarse de la educación y era benéfico para los seres humanos. En El Capital, Marx escribió que:
«Si los efectos inmediatos (del trabajo de los niños y de las mujeres) son terribles y repugnantes, no por eso deja de contribuir al dar a las mujeres, jóvenes e niños de ambos sexos una parte importante, en el proceso de producción, fuera del medio doméstico, en la creación de nuevas bases económicas, necesarias para una forma más elevada de familia y de relación entre los dos sexos».
A pesar de haber sido con otras palabras, lo mismo dice Engels:
«Parece que la emancipación de la mujer, su igualdad de condición con el hombre es, y continúa siendo imposible, mientras la mujer permanezca excluida del trabajo social productivo y debe limitarse al trabajo privado doméstico... La liberación de la mujer tiene como condición primera la incorporación de todo el sexo en la industria pública» (El Origen de la Familia).
Hasta mediados del siglo XIX, la idea de que la mujer tiene que quedarse en casa permaneció casi inalterada, pero la realidad otra vez se mostró más fuerte: pese a toda la ideología, la mujer trabajaba porque precisaba sobrevivir.
En 1883, August Bebel publicó el libro La mujer y el socialismo, que colaboró mucho para transformar la discusión sobre la cuestión de la mujer. A pesar de haber salido un año antes del libro de Engels, El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado, el trabajo de Bebel es básicamente un desarrollo de las ideas de Engels. Explica las raíces profundas de la opresión de la mujer, las formas que adoptó a lo largo de los siglos, del significado históricamente progresivo de la integración de la mujer en la producción industrial y la necesidad de la revolución socialista para abrir el camino para la liberación de la mujer. El libro causó sensación no sólo en Alemania, sino en toda a Europa, y ayudó en la formación de varias generaciones de marxistas.
En cuanto al libro de Engels, se volvió un clásico que, hasta hoy, guía las discusiones sobre el origen de la opresión de la mujer. Socialista científico, Engels partió de los descubrimientos históricos hechos hasta entonces sobre el origen de la opresión de la mujer, de la familia y del matrimonio. Los primeros historiadores, entre ellos Bachofen y Morgan, que desarrollaron sus pesquisas en siglo XIX, afirmaron que la mujer no siempre fue oprimida y, en algunas sociedades primitivas, hubo un período en que había matriarcado, el predominio de la mujer en las tribus. Estas afirmaciones fueron tan revolucionarias para la época que provocaron un verdadero escándalo en las sociedades conservadoras y, sobre todo, entre los religiosos. Marx e Engels dieron gran importancia a estos descubrimientos, que incorporaron en sus estudios sobre el surgimiento de la propiedad privada de los medios de producción.
Fue en base a ellas que Engels escribió El Origen de la Familia, de la Propiedad Privada y del Estado, publicado en 1884, obra que sirvió de gran impulso para que el movimiento revolucionario pasara a integrar en su seno la lucha por la emancipación de la mujer.
Los descubrimientos hechos por la antropología del siglo XX nos permiten concluir que la monogamia no surgió con la propiedad privada, como creía Engels, sino antes de ella, ya con la explotación. La propiedad privada sólo acentuó, de forma brutal, la opresión de la mujer, y la consolidó. Sin embargo, el gran mérito de Engels fue asociar el surgimiento de la opresión de la mujer con una causa económica y no natural o psíquica. Para él, el surgimiento de la monogamia no fue, de forma alguna, fruto del amor sexual individual, sino pura convención. Fue la primera forma de familia que tuvo por base condiciones sociales y no naturales. Y fue, más que nada, el triunfo da propiedad individual sobre el comunismo espontáneo primitivo.
Engels definió la abolición del derecho materno como la «gran derrota del sexo femenino».
«El hombre se apoderó también de la dirección de la casa; la mujer fue inferiorizada, dominada, pasó a ser la esclava de su placer e un simple instrumento de reproducción. Esta situación degradada de la mujer, tal como se manifestó sobre todo entre los griegos de los tiempos heroicos, y más aún en los tempos clásicos, fue gradualmente retocada y disimulada, en ciertos lugares incluso fue revestida de formas más suaves; pero de ninguna forma fue suprimida» (El Origen de la Familia, p.66).
Preponderancia del hombre en la familia y procreación de hijos que sólo podían ser de él y destinados a ser sus herederos. En todo el resto, el matrimonio era una carga, un deber. Engels recuerda que:
«La monogamia fue un gran progreso histórico pero, al mismo tempo inaugura, juntamente con la esclavitud y la propiedad privada, aquella época que aún dura en nuestros días y em la cual cada progreso es, al mismo tiempo, un retroceso relativo, en que la ventura y el desarrollo de unos se da al costo de la desventura y la represión de otros. Es la forma celular de la sociedad civilizada, en la cual ya podemos estudiar la naturaleza de las contradicciones y de los antagonismos que se propagan y crecen plenamente en esta sociedad». (El Origen de la Familia, p. 76)
Es cierto que los descubrimientos hechos por la antropología del siglo XX actualizan la obra de Engels y corrigieron ciertas imprecisiones, pero ella continúa siendo la base para el programa marxista con relación a la mujer porque tira por tierra la concepción burguesa de que ella ya nació oprimida, y que la causa de la opresión es su inferioridad natural con relación al hombre. Demuestra que la causa de la opresión de la mujer es fundamentalmente económica y no histórica y, por lo tanto, para acabar con ella es preciso transformar la sociedad.
La mujer en la II Internacional (1889)
Si la I Internacional significó la conquista de la vanguardia proletaria para el marxismo, la II Internacional llevó millones de trabajadores a sus concepciones. Fue la Internacional más característica de la era reformista, pues fue el período en que más concesiones se arrancaron, como vacaciones, aumentos salariales, legislación social y laboral y otras. Con relación a la cuestión de la mujer, la lucha por derechos democráticos (igualdad política, derecho de afiliación a los partidos y derecho de voto) fue la que más agitó a la II Internacional.
Iniciada en los Estados Unidos, la lucha sufragista fue la primera lucha feminista internacionalista; involucró mujeres de varios países del mundo e incorporó los métodos tradicionales de lucha de la clase trabajadora, como marchas masivas, asambleas, huelgas de hambre y enfrentamientos brutales con la policía, en los cuales muchas activistas fueron presas y asesinadas.
En el campo socialista, la lucha sufragista fue dirigida por la II Internacional, dividida entre los reformistas, que defendían el derecho de voto sólo para los hombres (ellos creían que las mujeres votarían en los partidos católicos reaccionarios) y los marxistas, defensores del voto universal. La dirigente política feminista marxista más importante de la II Internacional, y también de la III, fue Clara Zetkin, miembro del SPD. En el Congreso de Stuttgart, em 1907, ella defendió la posición de los marxistas, que salió vencedora. La II lanzó una campaña internacional por el sufragio femenino, con movilizaciones de masas en diversos países.
El partido más importante de la II Internacional era el SPD que, en 1891, año en que el ala izquierda consiguió aprobar un programa básicamente marxista, pasó a exigir derechos políticos para todos, independientemente del sexo, y la abolición de todas las leyes que discriminaban a mujer.
Después que los lasalleanos dejaron de existir como tendencia dentro del SPD, surgió una nueva corriente reformista dentro del partido, que presionaba por la adaptación al status quo capitalista. Clara Zetkin, del ala izquierda marxista, dirigió el movimiento socialista de la mujer durante todo el período anterior à guerra y combatió, dentro del SPD, por desarrollar una perspectiva revolucionaria sobre la lucha por la emancipación de la mujer. En 1914, cuando la mayoría de la dirección del SPD capituló ante el imperialismo alemán y votó por la defensa de su «propia» burguesía en la I Guerra Mundial, Clara Zetkin fue uno de las pocos dirigentes do partido, junto con Rosa Luxemburgo e Karl Liebknecht, en romper con el SPD y mantener una posición internacionalista revolucionaria.
En la década de 1890, el SPD se concentró, en primer lugar, en la organización sindical de las mujeres, y logró algunas conquistas importantes. En 1896, por propuesta de Clara Zetkin, el partido aprobó una moción para iniciar el desarrollo de organizaciones especiales para una actividad política más amplia entre las mujeres. Además de trabajar por los objetivos generales del partido, se concentraron en banderas feministas, como igualdad política, licencia por maternidad, legislación de protección para la mujer trabajadora, educación y protección para los niños y educación política para as mujeres.
Hasta 1908, en la mayor parte de Alemania, las mujeres tenían prohibido afiliarse a cualquier grupo político. Para burlar esto, el SPD organizó decenas de «sociedades para la autoeducación de las trabajadoras», organizaciones libres que estaban parcialmente fuera de los límites del partido, pero estrechamente ligadas a él. Desde 1900 en adelante, se organizaron conferencias bianuales de mujeres socialistas para unificar esos grupos e darles una dirección.
Después de 1908, las mujeres pudieron a afiliarse legalmente al SPD, y lo hicieron en las organizaciones especiales de mujeres del partido. Pero continuaron manteniendo su propio periódico, Igualdad, dirigido por Clara Zetkin. Este fue uno de los periódicos femeninos más importantes del mundo, cuya circulación superaba los 100 mil ejemplares, hasta 1912.
Sin embargo, a pesar de estos avances, las reivindicaciones de la mujer se volvieron realidad, por primera vez, en Rusia, con la revolución de 1917.
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Última edición por pedrocasca el Dom Ene 15, 2012 1:07 pm, editado 1 vez