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Carta al padre - Karl Marx - Nota de Eleanor Marx a la carta de Karl Marx a su padre - publicado en febrero de 2021 por El Sudamericano

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Mensaje por lolagallego Mar Feb 02, 2021 6:54 pm

Nota de Eleanor Marx a la carta de Karl Marx a su padre

publicado en febrero de 2021 por El Sudamericano

“Neue Zeit” [Nuevo Tiempo”], año 16, n° 1 de 1897, (K. Marx & F. Engels, Obras Fundamentales, t. I.)

▬ 3 mensajes


Esta carta me fue enviada por mi prima Carolina Smith, quien la encontró entre los papeles de Sofía, su madre, que era la hermana mayor de Carlos Marx. Ignoro cómo llegaría la carta a poder de mi tía. Es probable que ella, a su vez, la descubriera entre los papeles de su madre. En 1863, cuando murió su madre, Marx se encontraba en Tréveris. Pero lo más probable es que no se acordara ya de la existencia de esta carta para reclamársela a su hermana; afortunadamente, pues de otro modo es muy probable que la hubiera destruido.

He tenido que vencer una gran resistencia para dar a la publicidad una carta como esta, destinada únicamente a su amado padre, para quien había sido escrita. Me proponía utilizarla solamente como material para la biografía de Marx, que espero terminar pronto. Pero, habiendo mostrado la carta a algunos amigos íntimos, éstos me convencieron de la necesidad, más aún, de mí deber de hacer público este extraordinario documento humano. ‘Comprendo perfectamente –me escribió Kautsky– los reparos que opones a la publicación de la carta. Pero no somos nosotros quienes sacamos a la publicidad la vida privada del Moro; ya se han adelantado a hacerlo otros. Y,ya que el carácter y la vida privada de tu padre están públicamente a discusión, nos interesa que no sean las mentiras de los adversarios el único material disponible’. No he tenido, pues, más remedio que ceder, y la carta aparece ahora en las columnas de la Neue Zeit.

Aunque la carta lleva simplemente fecha de 10 de noviembre, sin indicación de año, no es difícil establecer éste. Fue escrita, sin duda alguna, antes de 1838, ya que habla de Bruno Bauer en Berlín, y en 1838 sabemos que estaba en Bonn. La carta fue escrita, por tanto, en 1836 o 1837. Y, aunque al principio me inclinaba por la primera de estas dos fechas, un cotejo cuidadoso de los años me ha llevado al convencimiento de que debe optarse más bien por la segunda.

No cabe duda de que Marx escribió esta carta poco después de comprometerse con Jenny von Westphalen. Cuando se hizo novio de ella, Carlos era todavía un muchacho de diecisiete años. Y, como suele ocurrir, tampoco en este caso fue liso y llano el camino del verdadero amor. Se comprende fácilmente que sus padres no vieran con buenos ojos el compromiso matrimonial de un joven de tan pocos años, y las expresiones de disgusto que se contienen en la carta y el calor con que el autor de ella trata de convencer a su padre de la fuerza de su amor a pesar de toda la oposición con que tropezaba tienen su explicación en las escenas bastante violentas que este asunto había provocado. Mi padre solía decir, hablando de esto, que era, por aquellos años, una especie de rolando furioso. Pero pronto se arreglaron las cosas y, poco antes o después de cumplir los dieciocho años, se ‘formalizaron’ las relaciones. Siete años duró el noviazgo entre los dos enamorados, que a Carlos ‘le parecieron siete días; tan grande era su amor por ella’.

Se casaron el 19 de junio de 1843, y aquellos dos seres se habían conocido y jugado juntos de niños y se habían enamorado y comprometido cuando todavía eran unos muchachos, se lanzaron ahora, unidos, como hombre y mujer, a la dura lucha de la vida.

Una lucha, en verdad, muy dura. Años de privaciones y de miseria y, lo que es aún pero, de brutales enconos, infames calumnias y fría indiferencia. Pero, en medio de todo ello, en la desgracia y en la fortuna, estos dos seres unidos para toda la vida por la amistad y el amor, jamás llegaron a vacilar en sus sentimientos, fieles hasta la muerte. Ni siquiera la muerte ha podido separarlos.

Durante su vida entera, Marx estuvo apasionadamente enamorado de la que era su mujer, con inextinguible amor juvenil. Tengo ante mí una carta amorosa que parece escrita por un muchacho de dieciocho años y que mi padre dirigió a su esposa en 1856, cuando ya ésta le había dado seis hijos. Y cuando, en 1863, le llamó a Tréveris la muerte de su madre, le escribió desde allí a su mujer que iba ‘diariamente’ en peregrinación a la vieja casa de los Westphalen (en la calle de los Romanos), más interesante para mí que todas las ruinas romanas, porque me recuerda mi juventud feliz y porque guardaba el mejor de mis tesoros. Además, todos los días y en todas partes me preguntan por la que en aquellos años era ‘la muchacha más linda de Tréveris! Y ‘la reina de los bailes’ ¡Qué tremendamente agradable es para un hombre ver que su mujer sigue viviendo en la fantasía de toda una ciudad como una especie de ‘princesa encantada’!.

Suponiendo que la carta que aquí publicamos fuera escrita solamente cinco o seis meses después de que se formalizara su noviazgo, habría que optar por la fecha de noviembre de 1836, como yo me inclinaba a creer al principio. Pero Marx habla en ella de los ‘tres primeros tomos de poesías’, escritos por él poco tiempo antes. Y en mi poder se encuentran, en efecto, tres cuadernos de poesías, que sin duda son estos de que aquí se habla. Están fechados en ‘Berlín, a fines del otoño de 1836’, ‘Berlín, noviembre de 1836’, ‘Berlín, 1836’. Se trata de tres legajos bastante gruesos y escritos en letra muy limpia. Los dos primeros llevan por título ‘Libro de Amor, primera y segunda parte’, el segundo aparece marcado así ‘K. H. Marx’, y el tercero: ‘Karl Marx’. Los tres aparecen dedicados ‘A mi querida, eternamente amada Jenny von Westphalen’. La carta aquí publicada lleva la fecha de 10 de noviembre, y, aunque no pueda descartarse la posibilidad de que estos tres cuadernos de poesías fueran escritos y enviaran a su destinataria a fines de octubre y comienzos de noviembre de 1836, no es lo más probable, y el pasaje de la carta que a ello se refiere habla en contra de esta hipótesis. No creemos, pues, equivocarnos si asignamos a esta carta la fecha de noviembre de 1837, en que Marx tenía diecinueve años.

Unas cuantas aclaraciones más sobre algunas alusiones contenidas en la carta. Lo del ‘amor sin esperanza’ ha quedado ya aclarado. Lo de ‘las nubes que ensombrecen nuestra familia’ se refiere, de una parte, a ciertas pérdidas de dinero y a los consiguientes problemas de que recuerdo haber oído hablar a mi padre y que creo ocurrieron por aquel entonces, y sobre todo, a la grave enfermedad de Eduardo, su hermano menor, al delicado estado de salud de otros tres hermanos, muertos todos en temprana edad, y a los primeros síntomas de la enfermedad del padre, llamada a tener también un desenlace fatal.

Marx sentía profunda devoción por su padre. No se cansaba de hablar de él y llevaba siempre consigo una fotografía suya, copia de un viejo daguerrotipo. No le gustaba, sin embargo, enseñársela a los amigos, pues decía que se parecía muy poco al original. Yo encontraba el rostro muy bello y la barbilla más finas; el conjunto de la cara tenía un marcado aire judío, pero de un tipo indiscutiblemente hermoso. Cuando Carlos Marx, después de la muerte de su esposa, emprendió un largo y triste viaje para recuperar la salud perdida –ansioso de dar cima a su obra–, le acompañaron a todas partes esta fotografía de su padre, otra vieja de mi madre, protegida por un cristal (dentro de su forro) , y una de mi hermana Jenny; cuando murió, las encontramos en el bolsillo interior de su chaqueta y Engels las puso en su ataúd.

No cabe duda de que la carta que aquí se publica es asombrosa, si se tiene en cuenta que fue escrita por un joven de diecinueve años. Vemos en ella al joven Marx en proceso de desarrollo, al muchacho que anuncia ya al hombre del mañana. La carta nos revela aquella capacidad casi sobrehumana de trabajo y aquella laboriosidad que caracterizaron a Marx a lo largo de su vida entera; ningún trabajo, por demasiado duro que fuera, le metía miedo, y no encontramos en sus obras ni un solo instante de pereza o desaliento. Se revela aquí ante nosotros un joven capaz de acometer en unos cuantos meses trabajos que asustarían a un hombre hecho y derecho; le vemos escribir docenas de pliegos y destruir luego sin la menor vacilación todo lo escrito, preocupado tan solo por ¡ver claro ante sí mismo’, hasta llegar a esclarecer y dominar por completo los problemas que le torturaban; lo vemos criticarse y criticar severamente lo que hace –cosa, a la verdad, verdaderamente extraordinaria en un hombre joven, como él lo era–, todo ello con una gran sencillez, sin la menor pretensión, pero con admirable sagacidad. Vemos cómo brillan ya en esta carta, que es lo más sorprendente para sus años, chispazos de aquel humorismo sardónico y peculiar que más tarde habría de caracterizarlo. Y encontramos, por fin, ya aquí, como más adelante, al lector infatigable que todo lo abarca y todo lo devoraba, sin dar jamás pruebas de estrechez o unilateralidad. Todo, jurisprudencia, filosofía, historia, poesía, arte, era agua buena para su molino; en nada de lo que emprendía se quedaba nunca a medias. Pero esta carta pone, además, de manifiesto una faceta de Marx de la que el mundo, hasta ahora, sabía muy poco o no sabía nada: su apasionada ternura por cuantos estaban cerca de él, su temperamento rebosante de amor y de entrega.

Ha resultado penoso para mí poner al desnudo las intimidades de este corazón. Pero no lo lamento, si de este modo contribuyo a hacer que Carlos Marx sea mejor conocido y, por tanto y con ello, más amado y más respetado.
 
 


Última edición por lolagallego el Mar Feb 02, 2021 6:59 pm, editado 1 vez
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Mensaje por lolagallego Mar Feb 02, 2021 6:57 pm

Carta al padre

Karl Marx


publicado en febrero de 2021 por El Sudamericano

De la edición alemana del Institut für marxismus-leninismus beim ZK der SED de las Werke de Karl Marx
y Friedrich Engels, Dietz Verlag, Berlín, 1971. Traducción en castellano de la edición de Editorial Eris, Bogotá, 1978


Berlín, a 10 de noviembre de 1837

¡Querido padre!

Hay momentos en la vida que se sitúan como señales fronterizas ante una etapa recorrida, pero que al mismo tiempo señalan con determinación en una nueva dirección.

En tales momentos de transición nos sentimos apremiados a contemplar el pasado y el presente con la mirada de águila del pensamiento para llegar a la conciencia de nuestra posición real. Sí, incluso la historia universal gusta de tal mirada retrospectiva y se contempla a sí misma, lo que frecuentemente le imprime la apariencia del retroceso y el remanso, mientras ella solamente se acomoda para comprenderse y penetrar espiritualmente en su propia obra, la obra del espíritu. Pero en tales momentos el individuo se hace lírico, ya que toda metamorfosis es en parte un canto de cisne, en parte la obertura de un gran y nuevo poema que busca forma en colores todavía borrosos o espléndidos. Y, sin embargo, quisiéramos erigir un monumento a lo ya vivido, de manera que recupere en el sentimiento el lugar que perdió para la acción. ¿Y dónde encontraría un asilo más santo que en el corazón del padre, dónde el más benévolo de los jueces, el más íntimo de los amigos, el sol del amor, cuyo fuego calienta lo más íntimo de nuestros esfuerzos? ¿De qué mejor manera recibiría mucho de lo equívoco y reprochable su perdón y su arreglo si no cuando resulta la manifestación de una circunstancia esencialmente necesaria, cómo se podría, por lo menos, retirar al frecuentemente fastidioso juego de la casualidad y del extravío del espíritu, el reproche del corazón deformado?

Si ahora, al final de un año vivido aquí, lanzo una mirada retrospectiva a las condiciones y circunstancias del mismo y así, querido padre, doy respuesta a tu tan querida carta de Ems, espero me sea permitido contemplar mi situación como en general considero la vida, como la expresión de un actuar espiritual que germina y toma forma en todas las direcciones, en el saber, el arte y la vida privada.

Cuando os dejé había nacido para mí un nuevo mundo, el del amor; y era el comienzo de un amor embriagado por la nostalgia y vacío de esperanza. Incluso el viaje hacia Berlín, que en otras circunstancias me hubiera fascinado en el más alto grado y me hubiera impulsado a contemplar la naturaleza, me hubiera inflamado de ansia vital, me dejó frío, me deprimió ostensiblemente, pues las rocas que contemplaba no eran más rudas, no eran más atrevidas que las impresiones de mi alma; las amplias ciudades no eran más vivientes que mi sangre, los banquetes de las pensiones no eran más recargados e indigeribles que los paquetes de fantasía que llevaba conmigo y, finalmente, el arte no era tan bello como Jenny.1

Una vez llegado a Berlín rompí todos los vínculos que hasta entonces persistían, hice con desagrado escasas visitas y busqué adentrarme en las ciencias y el arte.

De acuerdo con la situación espiritual entonces tenía que ser necesariamente la poesía lírica el primer proyecto, por lo menos el más agradable, el más próximo; pero como resultado de mi situación, y de todo mi desarrollo anterior, fue puramente idealista. Mi arte, mi cielo, se convirtió en un más allá tan lejano como mi amor. Todo lo real se diluye, todo lo difuso no encuentra límites. Ataques al presente, sentimiento pulsado ampliamente y sin forma; nada de naturaleza, todo construido sobre la luna, el antagonismo total entre lo que es y lo que debería ser; reflexiones retóricas en lugar de pensamientos poéticos, pero tal vez un cierto calor de la sensación y una búsqueda de aliento caracterizan todos los poemas de los primeros tres tomos, que recibió Jenny enviados por mí. Toda la extensión de una fibra que no conoce límites brota en las más diversas formas y hace del «poetizar» un «ensanchar».

Pero en adelante, la poesía sólo podría y debería ser compañía; tenía que estudiar jurisprudencia y sentía sobre todo el impulso a emprenderlas con la filosofía. Ambas cosas resultaron tan ligadas, que trabajé de manera puramente acrítica, sólo escolarmente, en parte a Heineccius, Thibaut y las Fuentes,2 traduciendo por ejemplo al alemán los 2 primeros libros de Pandectas, pues en parte buscaba introducir una Filosofía del Derecho a través del dominio del derecho. Como introducción adelanté algunas frases metafísicas y llevé esta obra desgraciada hasta el Derecho Público, un trabajo de cerca de 300 cuartillas.3

Sobre todo se destacaba aquí, de la manera más perturbadora, la misma contraposición entre lo real y lo que debe ser, que es propia del idealismo y que era el origen de la torpe e incorrecta división. En primer lugar venía la «metafísica del derecho» bautizada así, tan piadosamente, por mí; ello significaba los principios, las reflexiones, las definiciones, separados de todos los derechos reales y de toda forma real del Derecho, tal y como acontece en Fichte, sólo que en mi caso parecía más moderno y con menos contenido. Además, la forma no científica del dogmatismo matemático, en el cual el sujeto merodea alrededor de la cosa, razona aquí y allá sin que la cosa misma se conforme a sí misma desplegándose en toda su riqueza y como algo viviente era de antemano el primer obstáculo para llegar a comprender lo verdadero. El triángulo permite al matemático construir y probar que permanece siendo pura representación en el espacio, que no se desarrolla hacia algo nuevo; se lo debe colocar al lado de otras cosas y entonces tomará una posición diferente y esto diferente que se añade a lo mismo le da a él relaciones y verdades diferentes. Al contrario, en la expresión concreta del mundo viviente del pensamiento, como lo es el Derecho, el Estado, la naturaleza, como lo es toda la filosofía, el objeto mismo debe ser espiado, debe ser acechado; clasificaciones arbitrarias no deben ser impuestas desde fuera, la razón (Vemunft) de la cosa misma debe continuar rodando como algo en pugna consigo mismo y encontrar en sí su unidad.

Como parte segunda venía luego la Filosofía del Derecho, esto es, según mi parecer entonces, la consideración del desarrollo del pensamiento en el derecho positivo romano, como si el derecho positivo en su proceso de pensamiento (y no estoy pensando en sus determinaciones puramente finitas) pudiese ser en general algo real, diferente a la conformación del concepto de derecho, que sin embargo debería ocupar toda la primera parte.

Esta parte la había dividido, además, en «Doctrina del Derecho Formal y Material», de las cuales la primera debería describir la forma pura del sistema en su sucesión y en su estructura, su división y extensión, mientras que la segunda estaría consagrada al contenido, al condensarse de la forma en su contenido. Un error que comparto con el señor v. Savigny, como lo encontré más tarde en su erudita obra sobre la propiedad, sólo con la diferencia de que él llama definiciones formales del concepto «encontrar el lugar que toma tal y tal doctrina en el sistema romano (pero fingido)», y llama definiciones materiales del mismo «la doctrina sobre lo positivo, que han atribuido los romanos a un concepto fijado de esta forma»,4 mientras que yo comprendía como forma la arquitectónica necesaria de las formaciones del concepto, en tanto que veía la materia como la calidad necesaria de estas formaciones. El error radicaba en creer que la una podría y debería desarrollarse separadamente de la otra, y de esta manera no obtuve una forma real sino un mueble, un escritorio con compartimentos, en los cuales esparcí arena más tarde.

El concepto es precisamente lo mediador entre forma y contenido. En un desarrollo filosófico del Derecho tiene que pasar del uno al otro, la forma no debe ser más que la continuación del contenido. De este modo llegué a una clasificación de la materia tal y como se puede proyectar para su clasificación más fácil y superficial; pero el espíritu del Derecho y su verdad perecieron. Todo Derecho se dividía en contractual y no contractual. Me tomo la libertad, hasta la división del Jus publicum, que también es tratado en la parte formal, de diseñar el esquema para mejor comprensión.5

Pero, ¿por qué debo llenar las hojas con asuntos que yo mismo ya he desechado? Clasificaciones tricotómicas traspasan toda la obra, está escrita en un estilo que no se cansa de la amplitud y se ha abusado de la manera más bárbara de las representaciones romanas para integrarlas, forzándolas, en mi sistema. Por otra parte, de esta manera gané amor y perspectiva sobre la materia, por lo menos en cierto sentido.

Al final del derecho privado material me di cuenta de la falsedad del todo, que está cercano en el esquema básico al kantiano y que en la exposición se separa del todo de él, y de nuevo se me hizo claro que sin la filosofía no se podía penetrar en el asunto. Así, podía yo arrojarme con buena conciencia una vez más en sus brazos y escribí un nuevo sistema filosófico fundamentador, y al final me vi obligado a reconocer su carácter errado y el carácter errado de mis intentos iniciales.

Además, me había hecho a la costumbre de hacer extractos de todos los libros que leía, como el Laocoonte de Lessing, el Erwin de Solger, la Historia del Arte de Winckelmann, la Historia de Alemania de Luden y, al lado de esto, hacer anotaciones y reflexiones. Al mismo tiempo traduje la Germania de Tácito, los Libri tristium de Ovidio y comencé a estudiar en privado, esto es, con textos de gramática, inglés e italiano, en lo que poco he progresado; leí el Derecho Criminal de Klein y sus Anales y lo más reciente de la literatura, pero además, lo último.

Al final del semestre busqué de nuevo danza de musas y música de sátiros y ya en el último cuaderno que os he enviado el idealismo se pasea a través de un humor obligado (Escorpión y Félix), un drama no logrado (Oulanem) hasta que finalmente se transforma y deviene pura forma de arte, en la mayor parte sin objetos que entusiasmen, sin un flujo de ideas de alto vuelo.

Y sin embargo, son estas últimas poesías las únicas en las cuales me iluminó de repente el reino de la verdadera poesía como por un golpe de magia —¡oh, el golpe fue destructivo al principio!— como un alejado lejano palacio de hadas, y todas mis creaciones se desintegraron.

Que en medio de ocupaciones tan diversas hubieran de pasarse muchas noches en vela, que muchos combates hubieran tenido que ser luchados, que toda esta excitación exterior e interior tuvo que ser soportada, que al final no salí muy enriquecido y además había descuidado la naturaleza, el arte, el mundo, me había separado de amigos, mi propio cuerpo parecía hacerse esta reflexión. Un médico me aconsejó el campo y así atravesé la gran ciudad en dirección a Stralow. No sospechaba que allí me transformaría de un flacuchento y paliducho mozalbete en un hombre de cuerpo robusto.

Se cerró el telón, lo que me era más sagrado cayó hecho añicos y nuevos dioses tuvieron que ser introducidos.

Del idealismo, que yo, dicho sea de paso, comparaba y alimentaba de ideas kantianas y fichteanas, pasé a considerar el buscar la idea en la realidad misma. Si vivieron los dioses alguna vez por encima de la tierra, ahora se habían convertido en el centro de la misma. Había leído fragmentos de la filosofía de Hegel, cuya grotesca y pétrea melodía no me placía. De nuevo quise sumergirme en el mar, pero con el firme propósito de encontrar a la naturaleza espiritual tan necesaria, concreta y terminada como la corporal y de no ejercitarme más en el arte de la esgrima sino sostener la perla pura a la luz del sol.

Escribí un diálogo de aproximadamente 24 pliegos: Kleantes o sobre el punto de partida y el necesario progreso de la filosofía. Aquí se integraban en cierta medida arte y saber, que se habían separado por completo. Y yo, un robusto caminante, me puse a trabajar en la obra misma, en un desarrollo filosófico-dialéctico de la divinidad tal y como se manifiesta en cuanto concepto en sí, en cuanto religión, en cuanto naturaleza, en cuanto historia. Mi última frase era el comienzo del sistema hegeliano, y este trabajo, para el cual me había familiarizado relativamente con la ciencia natural, con Schelling, con la historia; este trabajo que tantos dolores de cabeza me causaba y queda escrito de esta manera […]6 (pues debería ser propiamente una nueva lógica) que ya yo mismo apenas si puedo orientarme en él de nuevo. Éste, mi más querido niño, criado al cuidado de la luz lunar, me arroja como una sirena falsa en brazos del enemigo.

Durante algunos días no pude pensar nada de disgusto, corría como loco por los jardines del Spree cuyas aguas sucias «lavan las almas y aclaran el té»; hice incluso una partida de caza con mi hotelero, corrí hacia Berlín y quería abrazar a cualquiera que estuviera por ahí.

Poco después me consagré a los estudios positivos, el estudio de la propiedad de Savigny, el Derecho Criminal de Feuerbach y Grolmann, De verborum significatione de Cramer, el sistema de Pandectas de Wenig-Ingenheim y Mühlendof: su Doctrina pantektarum en la que todavía estoy trabajando y finalmente títulos aislados leídos según Lauterbach, proceso civil y, sobre todo, derecho canónico, del cual he leído y resumido casi por completo la primera parte, la Concordia discordantium canonum de gratiam, así como el anexo, las Institutiones de Lancelotti.

Luego traduje en parte la Retórica de Aristóteles, leí el famoso Baco de Verulamio: De augmentis scientlarum; me ocupé bastante con Reimarus, cuyo libro Sobre los instintos artísticos de los animales leí con verdadero placer, me adentré también en el derecho alemán, pero en lo principal sólo en la medida en que me puse a estudiar los capitulares de los reyes francos y las cartas de los papas a ellos.

De tristeza por la enfermedad de Jenny y mis presuntos ensayos espirituales en decadencia, de disgusto corrosivo al tener que hacer de una opinión odiosa un ídolo, me enfermé, como te lo escribía desde antes, querido padre. De nuevo sano, quemé todas las poesías y todos los borradores para cuentos, etc., en la locura de pensar que podía olvidarme por completo de ello, de lo cual en todo caso hasta ahora no he tenido ninguna prueba en contrario.

Durante mi enfermedad había tenido oportunidad de conocer a Hegel, desde el principio hasta el fin, así como a la totalidad de sus discípulos. Por medio de repetidos encuentros con amigos en Stralow caí en medio de un «Club de Doctores» entre los cuales había varios privatdozenten7 y el más íntimo de mis amigos berlineses, el doctor Rutemberg. Aquí, en las discusiones, se manifestaban muchas opiniones encontradas y cada vez más férreamente me adhería yo a la filosofía contemporánea del mundo de la cual pensaba yo escapar; pero había callado toda sonoridad, una verdadera furia irónica cayó sobre mí, como podía suceder fácilmente después de haber negado tantas cosas. A esto se agregó el silencio de Jenny y no pude descansar hasta que no hube sobornado a la modernidad y al punto de vista de la concepción de la ciencia contemporánea por medio de algunas producciones mediocres como «la visita», etc.

Si en esta ocasión probablemente no te pinto ni claro ni en detalle todo lo acontecido en el último semestre y aunque paso por alto todos los matices, por favor discúlpaselo a mi urgencia por hablar del presente, querido padre.

El señor v. Chamiso me ha hecho llegar una nota sumamente insignificante en la cual me comunica «lamentar que el almanaque8 no necesitaría de mis contribuciones, por estar impreso desde hace mucho tiempo». Me lo tragué del disgusto. El librero Wigand ha enviado mi plan al doctor Schmidt, editor de la miscelánea de la Casa Wunder, de buen queso y mala literatura. Adjunto a ésta su carta; el último aún no ha respondido. Yo entre tanto no renuncio de ninguna manera a este plan, en especial desde que todas las estrellas estéticas de la escuela hegeliana han aceptado, gracias a la mediación del docente Bauer, quien juega un gran papel entre ellos, y de mi coadjutor, el doctor Rutemberg.

En lo que dice respecto a mi carrera cameral,9 querido padre, he entrado recientemente en contacto con un asesor, Schmidthámmer, quien me ha aconsejado ingresar en ella como justitiarius tras hacer el tercer examen jurídico, lo cual me gustaría más pues, en realidad, yo prefiero la jurisprudencia a toda la ciencia administrativa.

Este señor me decía que él mismo y muchos otros del Juzgado Superior del Distrito de Westfalia en Münster habían llegado a ser asesores en tres años, lo cual no resulta difícil si se está dispuesto a mucho trabajo, se comprende, ya que aquí los plazos no están prefijados como en Berlín y otros sitios. Si más tarde, como asesor, uno se promueve al doctorado, son también más fáciles las oportunidades de poder iniciarse al mismo tiempo como Profesor extraordinario, como le aconteció al señor H. Gartner en Bonn, quien escribió una obra mediocre sobre Constituciones Provinciales y, además de eso, sólo es conocido por reconocerse de la escuela hegeliana de juristas. Pero querido padre, el mejor de los padres, ¿no sería posible que conversáramos estos asuntos personalmente? La situación de Eduardo, los padecimientos de la querida mamita, tus achaques, aunque espero ya que no sea nada grave, todo eso me hace desear y hace necesario que me apresure en volver hacia vosotros. Ya estaría yo allá si no dudara ciertamente de tu autorización y tu aprobación.

Créeme, querido padre, que ningún propósito egoísta me impulsa (aunque estaría feliz de ver de nuevo a Jenny), pero es un pensamiento el que me empuja y no lo debo contradecir. Sería para mí incluso un paso duro en muchos aspectos, pero como me escribe mi única, mi dulce Jenny, estas consideraciones no tienen ningún peso ante el cumplimiento de deberes que nos son sagrados.

Te pido, querido padre, sea cual sea tu decisión, no mostrar esta carta o por lo menos esta hoja a la mamá. Mi llegada intempestiva podría quizá consolar y hacer erguir a una mujer tan maravillosa y grande.

La carta que escribí a mamita fue redactada bastante tiempo antes de que me llegaran las queridas líneas de Jenny y por ello escribí inconscientemente tal vez muchas cosas que no eran completamente acertadas o lo eran en muy poco grado.

En la esperanza de que las nubes que pesan sobre nuestra familia se disipen paulatinamente y que me sea concedido a mí mismo sufrir y llorar con vosotros y quizás probar en vuestra cercanía el profundo e íntimo interés, el inconmensurable amor que yo con frecuencia apenas si alcanzo a hacer manifiesto; en la esperanza de que también tú, querido y eternamente amado padre, tomando en cuenta los múltiples cambios de mi estado de ánimo, disculpes cuando el corazón parece haberse equivocado mientras el espíritu luchador lo aturdía y de que pronto estés restablecido por completo de manera que me sea posible estrecharte contra mi corazón y me pueda comunicar plenamente,

Tu hijo que te ama eternamente,

Karl

_

P.S. Disculpa, querido padre, la grafía ilegible y el mal estilo. Ya son aproximadamente las cuatro de la madrugada, la vela se ha consumido casi por completo y los ojos están turbios. Una verdadera intranquilidad se ha apoderado de mí, no podré apaciguar los fantasmas excitados hasta que me encuentre en vuestra querida compañía.

Saluda por favor a mi querida, maravillosa Jenny. He leído ya doce veces su carta, en la que siempre encuentro nuevos encantos. Es en todo aspecto, también en el estilístico, la más bella carta de una dama que yo me pueda imaginar.
 
 
 
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Mensaje por lolagallego Mar Feb 02, 2021 6:58 pm

NOTAS:

1 Jenny von Westphalen, con quien Marx se había comprometido poco antes de escribir esta carta. El casamiento tuvo lugar en el mes de junio de 1843.
2 Se refiere a la obra de von Savigny Las Fuentes del Derecho.
3 No se ha conservado el trabajo a que alude Marx.
4 Los pasajes a que alude Marx aquí y que no cita literalmente pertenecen al primer apartado de la obra de Friedrich Carl von Savigny, El Derecho de Propiedad. Un Tratado de Derecho Civil.
5 Hemos considerado oportuno colocar en una nota fuera de texto el esquema del trabajo a que hace alusión Marx en su carta, de manera que no entorpezca su lectura continua:
I. DERECHO PRIVADO                           II. DERECHO PÚBLICO
                           I. DERECHO PRIVADO
a. Derecho Privado contractual condicional;
b. Derecho no contractual no condicional.
     A. Derecho privado contractual condicional,
a) Derecho personal; b) Derecho real; c) Derecho personal real.
                        a) DERECHO PERSONAL
I. Por contrato a titulo oneroso; II. Por contrato de garantía; III. Por contrato de beneficencia.
        I. Por contrato a título oneroso.
 2. Contrato de sociedad (societas); 3. Contrato de locación (locatio conductio).
 3. Locatio conductio.
1. En tanto que trata de servicios (operae).
a) locatio conductio propiamente dicho (no se trata de locación ni del arrendamiento romano).
b) Mandatum.
2. En tanto que se refiere a usus rei.
a) El suelo: usus fructus (tampoco en el sentido estrictamente romano);
b) Las habitaciones: habitatio.
II. Por contrato de garantía.
1. Contrato de arbitraje o de transacción; 2. Contrato de seguro.
III. Por contrato de beneficencia.
2. Contrato de aprobación.
1. Fide jussio; 2. Negotiorum gestio.
2. Contrato de donación.
1. Donatio; 2. Gratiae promissium.
b) DERECHO REAL
I. Por contrato a título oneroso.
2. Permutatio stricte sic dicta.
1. Permuta propiamente dicha; 2. Muttum (usurae); emptio, venditio.
II. Por contrato de garantía. Pignu
III. Por contrato de beneficencia.
2. Commodatum-, 3. Depositum.
6 […] No se puede descifrar en el manuscrito. Probablemente dos fragmentos de palabras tachados. [N. del Editor alemán.]
7 Privatdozenten («docentes privados»). El primer eslabón en la carrera académica alemana. No recibían un sueldo de la Universidad sino ingresos proporcionales al número de sus alumnos.
8 Almanaque alemán de las Musas para el año 1838, editado en Berlín por Chamiso y Gaudy.
9 Carrera judicial. Los Juzgados alemanes reciben el nombre de «cámaras».
 
 

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