Mecagoendios escribió:
Por cierto ¿En qué te basas para decir que Stalin no aplicó nada del leninismo?
El material que ha salido a la luz tras la perestroika nos permite apreciar no sólo el calado de las diferencias, sino también la enconada hostilidad personal que había surgido entre Lenin y la figura que él mismo había elegido para el cargo de secretario general, un puesto que, por aquel entonces, carecía de la importancia que acabaría cobrando. La hostilidad de Stalin hacia Lenin y la creciente irritación de Lenin para con Stalin, una distancia personal e ideológica que fue aumentando con el paso del tiempo y de la que tan sólo estaban al corriente algunos allegados, queda ejemplificada, o más bien se puede intuir, en una carta de Stalin a Lenin, escrita en el año 1921 y desconocida hasta la fecha. La misiva, que hace referencia al aparato del Partido, a Krupskaya, la esposa de Lenin, y al Politburó, nos muestra de una manera poco habitual el funcionamiento de la mentalidad política de Stalin.
Los métodos que Stalin empleó para «construir» la imagen de su poder traspasaban cualquier frontera. Imaginaba las diferentes posibilidades y lo que habría de venir a continuación, a menudo de una manera de lo más terrenal. Una de las variantes más simples consistía en apropiarse de las persistentes imágenes del poder y de la influencia asociadas a Lenin y a Trotski. Este último era una figura recurrente en su universo fantástico y lo denostaba sistemáticamente y lo calumniaba de todas las maneras posibles. No cabe duda de que Trotski jugaba un papel especial en la psique de Stalin, de ahí que no le bastara con una simple victoria política: Stalin no descansaría hasta dar la orden de asesinarlo. Pero también deseaba erradicarlo de los libros de historia soviética, sirviéndose de la censura, evidentemente, pero también, por sorprendente que parezca, atribuyéndose sus logros. Por todo el país, por ejemplo, se exhibieron películas en las que se concedía a Stalin todo el mérito de las hazañas militares de su enemigo acérrimo, como por ejemplo, y no es sino una ilustración de lo increíble que resultaban esa envidia y mezquindad, el papel de Trotski en la defensa de Petrogrado frente al ejército del general Yudenich, en diciembre de 1919.
La apropiación de Lenin se produjo de un modo más curioso y ladino: «el juramento a Lenin» ante el Soviet Supremo el 26 de enero de 1924, la víspera del funeral de Lenin. La decisión de embalsamar el cadáver de Lenin, a pesar de las protestas airadas de su familia, formaba parte del guión. El juramento era un largo encantamiento en el que Stalin listaba las órdenes que, supuestamente, Lenin daba al Partido y que él, en nombre del Partido, juraba solemnemente obedecer al pie de la letra. Gracias a la mejor comprensión que hoy tenemos de la actitud real de Stalin hacia Lenin, es evidente que esta «apoteosis» no era un gesto de respeto sincero, sino la plataforma para preparar el inicio de su propio culto. Como advirtieron algunos opositores a Stalin en aquel entonces, en el juramento no había la menor referencia a ninguna de las ideas contenidas en el verdadero testamento de Lenin. En pocas palabras: todo el texto estaba al servicio de unos intereses muy concretos.
¡Salud y República!
Los métodos que Stalin empleó para «construir» la imagen de su poder traspasaban cualquier frontera. Imaginaba las diferentes posibilidades y lo que habría de venir a continuación, a menudo de una manera de lo más terrenal. Una de las variantes más simples consistía en apropiarse de las persistentes imágenes del poder y de la influencia asociadas a Lenin y a Trotski. Este último era una figura recurrente en su universo fantástico y lo denostaba sistemáticamente y lo calumniaba de todas las maneras posibles. No cabe duda de que Trotski jugaba un papel especial en la psique de Stalin, de ahí que no le bastara con una simple victoria política: Stalin no descansaría hasta dar la orden de asesinarlo. Pero también deseaba erradicarlo de los libros de historia soviética, sirviéndose de la censura, evidentemente, pero también, por sorprendente que parezca, atribuyéndose sus logros. Por todo el país, por ejemplo, se exhibieron películas en las que se concedía a Stalin todo el mérito de las hazañas militares de su enemigo acérrimo, como por ejemplo, y no es sino una ilustración de lo increíble que resultaban esa envidia y mezquindad, el papel de Trotski en la defensa de Petrogrado frente al ejército del general Yudenich, en diciembre de 1919.
La apropiación de Lenin se produjo de un modo más curioso y ladino: «el juramento a Lenin» ante el Soviet Supremo el 26 de enero de 1924, la víspera del funeral de Lenin. La decisión de embalsamar el cadáver de Lenin, a pesar de las protestas airadas de su familia, formaba parte del guión. El juramento era un largo encantamiento en el que Stalin listaba las órdenes que, supuestamente, Lenin daba al Partido y que él, en nombre del Partido, juraba solemnemente obedecer al pie de la letra. Gracias a la mejor comprensión que hoy tenemos de la actitud real de Stalin hacia Lenin, es evidente que esta «apoteosis» no era un gesto de respeto sincero, sino la plataforma para preparar el inicio de su propio culto. Como advirtieron algunos opositores a Stalin en aquel entonces, en el juramento no había la menor referencia a ninguna de las ideas contenidas en el verdadero testamento de Lenin. En pocas palabras: todo el texto estaba al servicio de unos intereses muy concretos.
¡Salud y República!