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Acerca del aporte de la URSS a la victoria sobre el Japón militarista ¿Realmente se rindió Japón solo por el bombardeo cobarde de Hiroshima y Nagasaki? - publicado en 2018 por el blog marxismo-leninismo

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Mensaje por lolagallego Mar Mar 09, 2021 9:30 pm


Acerca del aporte de la URSS a la victoria sobre el Japón militarista ¿Realmente se rindió Japón solo por el bombardeo cobarde de Hiroshima y Nagasaki?

publicado en 2018 por el blog marxismo-leninismo

fuente: twitter.com/ChenchoPrizrak/

▬ 2 mensajes


La decisión de la URSS de entrar en guerra con Japón estuvo dictada por sus compromisos con los aliados y respondía a los intereses de los pueblos de todas las naciones aún inmersas en la conflagración bélica.

La Unión Soviética necesitaba garantizar la seguridad de sus fronteras en el Lejano Oriente, amenazadas por Japón en el transcurso de toda la historia del Estado soviético.

Sus acciones adquirieron un carácter particularmente peligroso en el período más difícil para la URSS durante la guerra contra Alemania, cuando Japón —violando groseramente el tratado de neutralidad preparó, en reiteradas ocasiones, el ataque a la URSS y no lo efectuó sólo a causa de las derrotas consecutivas de la Wehrmacht en el frente soviético alemán.

La política traicionera del Gobierno japonés obligó a la URSS a mantener, durante toda la guerra, hasta 40 divisiones en sus fronteras del Lejano Oriente, divisiones en extremo necesarias para la lucha contra la invasión fascista.

Así, la guerra de la Unión Soviética contra Japón fue la continuación lógica de la Gran Guerra Patria.

En la literatura burguesa se está llevando a cabo, desde hace ya bastante tiempo, una discusión —inspirada artificialmente— acerca del aporte de la URSS a la victoria sobre el Japón militarista.

Al responder a una interrogante planteada por los historiadores norteamericanos acerca del papel desempeñado por la URSS en la victoria sobre Japón, H. Truman, siendo presidente de los Estados Unidos, declaró:

“los rusos no hicieron ninguna contribución militar a la victoria sobre Japón”. Esta declaración —poco común por su irresponsabilidad, incluso entre los políticos burgueses— se publicó en una de las obras norteamericanas oficiales acerca de historia militar y, más tarde, ha sido retomada por muchos historiadores y autores de memorias burgueses. L. Morton se encargó de demostrar que hacia el verano de 1945 Japón estaba derrotado y, por consiguiente, fue errónea la solicitud de que la URSS entrara en guerra contra él.

L. Garthoff utilizó la falsificación de los acontecimientos en el Lejano Oriente, para deslucir la política soviética en los años de la guerra. Escribe:

“Al habérseles satisfecho la mayoría de sus objetivos por los aliados occidentales en Yalta como recompensa por la ayuda contra los japoneses, los rusos denunciaron su tratado de no agresión y entonces, aunque éste todavía estaba en vigor, atacaron en agosto de 1945.

En todo caso habrían entrado para compartir los frutos de la victoria, pero Stalin pudo minimizar la culpa por su violación del tratado de no agresión, al solicitar y obtener, una carta del presidente Truman en la cual se solicitaba a la URSS entrar en la guerra.”

Sin embargo, la historia es implacable con los falsificadores de cualquier clase.

Los resultados de las grandiosas batallas en el frente soviético alemán, que determinaron el viraje en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, también ejercieron una influencia importantísima en la situación de las partes contendientes en el teatro de hostilidades del océano Pacífico y obligaron al mando japonés a reconsiderar la estrategia en el Pacífico y pasar a la defensiva. El jefe de las fuerzas armadas de los Estados Unidos en el Lejano Oriente, general MacArthur, poco antes de la capitulación de su guarnición en las Filipinas en 1942, se dirigió a las tropas en una alocución, en la cual dijo:

“La situación internacional creada muestra que, en la actualidad, las esperanzas de la civilización están indisolublemente unidas a las acciones del heroico Ejército Rojo, a sus gloriosas banderas.”

La derrota de la Alemania hitleriana y su capitulación predeterminaron el desenlace de la guerra. Sin embargo, la victoria sobre la Alemania fascista no condujo, de manera automática, a la derrota de los agresores japoneses.

Aún se requirió bastantes esfuerzos para aniquilarlos y, con ello, dar culminación a la Segunda Guerra Mundial.

Como evidencia G. Kennan, según los cálculos del Comité Combinado de Jefes de Estados Mayores presentados a F. Roosevelt y W. Churchill en la Segunda Conferencia de Quebec (noviembre de 1944), las fuerzas armadas de los Estados Unidos y Gran Bretaña necesitaban 18 meses, a partir del fin de la guerra con Alemania, para obligar a Japón a capitular. En otras palabras, la guerra contra Japón podía dilatarse hasta fines de 1946.

Ante las fuerzas armadas de los aliados estaba planteada la tarea de aniquilar un ejército japonés de 5 millones de hombres, entre quienes había varios miles de combatientes suicidas.

En los círculos militares de los Estados Unidos provocaban particular preocupación las tropas japonesas acantonadas en Manchuria y en otras zonas vecinas a las fronteras de la URSS, donde se encontraban, de manera permanente, 2/3 de los tanques, la mitad de la artillería y las divisiones imperiales élites. Ellos valoraban las unidades de la artillería japonesa como las mejores, y luchar contra ellas, según los cálculos norteamericanos, conduciría a un aumento de las bajas norteamericanas en más de un millón de hombres.

Es verdad, algunos historiadores de los Estados Unidos han intentado reducir la fuerza del ejército de Kwantung, pero en este sentido no han logrado aportar pruebas convincentes.

Según el ejército de los Estados Unidos se acercaba a las islas japonesas, se recrudecía ostensiblemente la resistencia de las tropas japonesas.

El 18 de junio de 1945, el jefe del Estado Mayor del Ejército de los Estados Unidos, general A. Marshall, en un encuentro con Truman en la Casa Blanca, le comunicó datos según los cuales las bajas norteamericanas en los combates por las islas Iwo Jima y Okinawa se incrementaron casi en tres veces (como “patrón” se tomaron los datos de las pérdidas en los combates por las islas Leyte y Luzón). Los militaristas japoneses decretaron la movilización total y, siguiendo el ejemplo de los hitlerianos, trataron de convertir su guarida en un bastión inexpugnable. Marshall subrayó que la importancia de la entrada de la Unión Soviética en la guerra consistía en que podía ser la acción decisiva que obligara a Japón a capitular.

Sin embargo, K. R. Greenfield considera que los Estados Mayores norteamericanos no valoraron de manera correcta la situación. En su opinión, los bombardeos aéreos a Japón y los golpes asestados por las fuerzas navales norteamericanas “obligaron a rendirse a los japoneses sin una invasión de su país por parte del Ejército”. Pero Greenfield no se refiere en absoluto a que los conquistadores japoneses lograron obtener, a comienzos de 1945, grandes éxitos en China: llegaron a las zonas suroccidentales de ese país y se unieron con sus tropas que actuaban en la Indochina francesa. Se estableció una línea continua del frente de Pekín a Singapur.

Las tropas terrestres de Japón eran aún una gran fuerza y quedaba por delante una prolongada lucha para aniquilarlas.

Todo esto condicionó la petición insistente de los Estados Unidos e Inglaterra al Gobierno soviético para que entrara en la guerra contra Japón.



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Mensaje por lolagallego Mar Mar 09, 2021 9:34 pm


El 8 de agosto de 1945, la Unión Soviética, fiel a sus compromisos con los aliados, entró en la guerra contra Japón en la fecha prevista y asestó un golpe demoledor a la agrupación de tropas terrestres más fuerte del ejército nipón que se encontraba en los territorios de Manchuria, Corea, Sajalín Meridional y las Islas Kuriles. En esos días, H. Truman dijo en nombre del Gobierno de los Estados Unidos:

“Damos la bienvenida con gusto a esta lucha… a nuestro gallardo y victorioso aliado.” Pero transcurridos varios años, olvidó estas palabras y comenzó a afirmar que “dejar caer las bombas puso fin a la guerra”.

Estas últimas afirmaciones de Truman se presentan como una verdad que no requiere comprobación. Aún más, en el libro Grandes acontecimientos del siglo XX publicado por la redacción norteamericana de la revista Reader’s Digest, en la parte dedicada a la Segunda Guerra Mundial, no se hace absolutamente ninguna referencia a que la URSS llevó a cabo la guerra en el Lejano Oriente. En ese libro, los últimos días de la guerra se describen de la siguiente manera:

“El 6 de agosto de 1945 se lanzó una bomba atómica sobre Hiroshima, y el mundo cambió por completo. Incluso la devastación de los seis años anteriores pareció palidecer en comparación con el espeluznante poder de esta arma. Ella puso fin a la Segunda Guerra Mundial.”

En el Gran Atlas de la Segunda Guerra Mundial [Der Grosse Atlas zum II Weltkrieg], publicado en la RFA, se dice que “los japoneses, sin embargo, no cedían. Sólo después de haber caído la segunda bomba atómica capitularon.”

En Inglaterra, en la obra colectiva La Segunda Guerra Mundial [World War II], se afirma asimismo que fue precisamente la bomba atómica la que convenció a Japón de “aceptar una rendición incondicional, que había llegado a ser inevitable”

En todos estos casos los autores evitan valorar, en realidad ese bárbaro acto del bombardeo atómico, el cual arrasó con cientos de miles de vidas de la población civil y sirvió a los fines del chantaje atómico a la URSS y las fuerzas progresistas.

Conviene señalar que en el mismo Japón la entrada de la URSS en la guerra (tanto antes de los bombardeos atómicos norteamericanos, como después de ellos) se ha valorado de manera diferente a como lo hacen hoy día muchos historiadores de los Estados Unidos.

“Es absolutamente necesario —se señalaba en un acuerdo del Consejo Supremo de la Dirección de la Guerra, reunido en Tokío en mayo de 1945—, sin tener en cuenta cómo pueda desarrollarse la guerra contra Gran Bretaña y Norteamérica, que nuestro Imperio haga esfuerzos supremos por evitar que la URSS participe en la guerra contra nosotros, porque esto será un golpe fatal a nuestro Imperio.” También es curioso el siguiente punto de vista de algunos historiadores japoneses.

“Aunque los Estados Unidos tratan de presentar el bombardeo atómico a algunas ciudades japonesas como resultado del deseo de acelerar el fin de la guerra, en realidad estas bombas, que asesinaron gran número de habitantes pacíficos, no condujeron a Japón a la decisión de rendirse.

No fueron las víctimas entre los habitantes pacíficos como resultado del bombardeo atómico, sino el temor a una revolución después de la entrada de la URSS en la guerra, lo que condicionó la rápida terminación de ésta.”

La primera reunión del Gabinete japonés después de los bombardeos, celebrada el 9 de agosto de 1945, no se dedicó a la influencia de las bombas atómicas en el curso de las acciones militares, sino a la total variación de la situación como resultado de la entrada de la URSS.

Suzuki, primer ministro de Japón, en la sesión del Consejo Supremo de la Dirección de la Guerra, declaró: “La entrada de la Unión Soviética en la guerra esta mañana, nos coloca definitivamente en una situación sin salida y hace imposible la continuación de la guerra.”

También está difundida otra versión, cuyo objetivo consiste en denigrar a las Fuerzas Armadas Soviéticas que participaron en la derrota de Japón.

Esta versión la inventó el antes citado Garthoff, en su artículo “La campaña del Ejército Soviético en Manchuria en agosto de 1945”, publicado por la revista Military Affairs.

La esencia de la versión se reduce a que la Unión Soviética, aunque “no había terminado los preparativos para la ofensiva”, se vio obligada a “lanzar su campaña una fecha algo más temprana de lo planeado… apremiada por el primer ataque atómico norteamericano sobre Japón.”

Al parecer, el historiador norteamericano no sabe, o ignora, los hechos. Es bien conocido que la preparación de las Fuerzas Armadas Soviéticas para la guerra contra Japón, comenzó después de la Conferencia de Crimea, donde el Gobierno soviético, accediendo a insistentes ruegos de los Estados Unidos e Inglaterra, dio su anuencia para entrar en esa guerra. El 11 de febrero de 1945, los jefes de las tres potencias firmaron un acuerdo según el cual la URSS se comprometía a comenzar las hostilidades contra Japón dos o tres meses después de la derrota de Alemania. El Cuartel General del Mando Supremo soviético preparó dos golpes principales —desde el territorio de la República Popular de Mongolia y Primorie— y varios golpes auxiliares en direcciones convergentes hacia Manchuria central.

Se planeaba rodear al ejército de Kwantung, para después dispersarlo en partes y destruirlo.

Con el fin de realizar este proyecto, en el Lejano Oriente se concentró el número necesario de tropas. Para completar las 40 divisiones que ya se encontraban allí, entre mayo y julio el mando soviético trasladó al Lejano Oriente al 39° y al 5o Ejércitos desde Prusia Oriental, y al 53° Ejército, al 6o Ejército de tanques de la Guardia y a la agrupación de caballería y tropas mecanizadas, desde la zona de Praga.

De mayo a julio, de Occidente al Lejano Oriente y a Transbaikalia arribaron 136.000 vagones con tropas y material de guerra.

Para dirigir la operación se creó el Alto Mando de las tropas soviéticas en el Lejano Oriente y se formaron tres frentes: el de Transbaikalia y los 1o y 2o del Lejano Oriente.

Como Comandante en jefe de las tropas se designó un destacado jefe militar, el Mariscal de la Unión Soviética A. Vasilievski.

Frente de Transbaikalia formaban parte operativamente casi todas las Fuerzas Armadas de la República Popular de Mongolia, bajo el mando del experimentado jefe militar, Mariscal de la RPM, J. Choibalsán.

El Comandante en jefe de las Fuerzas de la Marina de Guerra, almirante de la Flota N. Kuznetsov, destacado jefe naval, estaba responsabilizado de la coordinación de las acciones de la Flota del océano Pacífico y la flotilla del Amur con las tropas terrestres.

Las directivas para los frentes se aprobaron por el Cuartel General el 28 de junio de 1945. Todos los preparativos se terminaron en la fecha prevista.

La Unión Soviética entró en guerra contra Japón tres meses después de la capitulación de la Alemania fascista, como estaba previsto en el acuerdo adoptado en la Conferencia de Crimea.

Los golpes demoledores del Ejército Soviético, apoyados por la ofensiva de las tropas de la hermana República Popular de Mongolia, así como por las acciones de las fuerzas patrióticas de otros países, hicieron variar de manera brusca la situación estratégica en el Lejano Oriente crearon las condiciones para el poderoso auge de la lucha de liberación nacional de los pueblos y para la manifestación revolucionaria de los trabajadores japoneses en contra de la camarilla militarista que había sumido el país en la catástrofe.

Todo esto determinó, en fin de cuentas, la capitulación de Japón.




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